Catalogado por muchas
personas como el más grande deportista de todos los tiempos, Michael Phelps
entró en la historia para siempre, al convertirse en el ser humano que más
veces subió a un podio olímpico, luego de su extraordinaria actuación en
Londres 2012.
Millones de personas son
testigos de las marcas y récords de este nadador estadounidense, aunque desconocen que Phelps fue un niño que no podía estar tranquilo en clase o comer
con su familia sin causar algún problema, como consecuencia de su padecimiento
de TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad).
Este mal, según la Guía del
Ministerio de Sanidad de España, afecta entre un 3% y un 7% del total de niños
en el mundo.
En el caso de Phelps, los
especialistas le recomendaron que practicara la natación como forma de terapia,
sin pensar que le estaban abriendo las puertas de una disciplina deportiva que
más adelante lo iba a inmortalizar para siempre.
El conocido “Tiburón de
Baltimore” logró ganar en su último coletazo en tierras inglesas, un total de
cuatro medallas de oro y dos de plata, contabilizando en 12 años de experiencia
olímpica, nada más y nada menos, que 18 preseas de oro, dos de plata y dos de
bronce.
Aunque parezca increíble, la
cosecha dorada de esta leyenda acuática, es sólo superada por los acumulados
históricos de 35 países, por lo que se puede hablar de una “Nación Phelps”.
Eso quiere decir que Michael
Phelps tiene más primeros lugares que 169 países que participaron en alguna
oportunidad en unos Juegos Olímpicos, como por ejemplo, México, que ganó 12
medallas de oro en toda su historia, o Argentina, que conquistó 17 oros en
total.
La comparación de la “Nación
Phelps”, con el resto de Latinoamérica es injusta, ya que sólo es superada por
Cuba y Brasil, por lo que su hazaña puede ser catalogada como impresionante.
Por otra parte, los médicos,
también indicaron que la motivación era un elemento clave en el
proceso de mejoría de un niño hiperactivo, situación que Michael Phelps vivió
en carne propia, cuando antes de arrancar los pasados Juegos Olímpicos de
Beijing, en el 2008, Ian Thorpe, nadador australiano, había dicho que Phelps no
iba a ganar ocho preseas de oro en esas justas, a lo que Michael respondió con
creces en la piscina, eso sí, luego de pegar el recorte del artículo
periodístico en su casillero.
El “Tiburón de Baltimore” no
es un deportista común, sus números dicen más que mil palabras y su despedida
olímpica tenía que tener su sello personal. Pero, más allá de eso, se debe
rescatar que el máximo sustantivo de la historia olímpica encontró en la
natación a su pareja perfecta para crecer en todos los campos de su vida,
aunque su primera visita a una piscina, fuera parte de un tratamiento médico.
La leyenda está escrita, sus
actuaciones estarán por siempre en la memoria de los aficionados, sus triunfos
quedarán en la inmortalidad, pero Michael Phelps será recordado como el niño que
logró luchar contra el TDAH, el joven que pudo convivir con ese trastorno y
como el adulto que consiguió encauzar su energía para convertirse en el orgullo
y el ejemplo de todos aquellos que padecen ese mal.
Adrián Elizondo Quirós



